Interiores del siglo XVIII

La indumentaria del siglo XVIII que se conserva en la mayoría de museos y la que se recrea en películas que reflejan la época, es muy representativa de una pequeña parte de la sociedad, la nobleza y la aristocracia. Eran las clases dominantes durante el Antiguo Régimen y la francesa corte de Versalles supuso el punto mas álgido en cuanto a riqueza y exageración de las siluetas, sobre todo en la indumentaria femenina.

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Fotografía: © Hector Castro Martorell

La imagen que viene a nuestra mente cuando pensamos en Madame de Pompadour o en la reina María Antonieta, es la de una mujer con una silueta anatómica totalmente desdibujada por la dimensión de unas faltas enormemente amplias o la cintura muy estrecha y el pecho a punto de desbordarse por el escote debido al corsé. La causante de esa figura era la ropa interior que modelaba sus cuerpos y que básicamente estaba formada por las siguientes prendas: medias, ligas, camisa interior, enaguas, “tontillo” y finalmente el corsé.

Las medias eran de punto liso de seda y una de las pocas prendas de la época tejidas en género de punto, ya que esta técnica apenas se había extendido entre la ropa exterior y se reservaba casi en exclusiva para la realización de medias, gorros para dormir o estar en casa, guantes y otros complementos como limosneros. Las medias femeninas eran opacas, generalmente de colores claros y llegaban hasta medio muslo, sujetándose con ligas. Las ligas tenían forma de cintas largas, tejidas generalmente en raso de seda con un telar especial de cintería y algunas incluso estaban decoradas con cenefas de hilo metálico o también inscripciones.

La camisa interior era de lienzo (nombre que recibe el tejido de tafetán de lino) o de algodón, porque al ser una prenda en contacto con la piel eran telas más higiénicas y de fácil mantenimiento. Era larga hasta la rodilla o incluso más y las bocamangas generalmente se decoraban con puntillas de seda que sobresalían por las mangas del vestido exterior. Su forma era amplia, a menudo con fruncidos en las costuras de los hombros, el escote o el canesú, pero su patrón era sencillo, casi siempre en forma de T.

Sobre la camisa interior las mujeres se ceñían las enaguas, faldas largas cuya finalidad era dar volumen a la falda exterior. Según las modas las faldas se llevaban tan amplias que eran necesarias varias capas de enaguas, cosa que dificultaba la movilidad debido al peso y al volumen del tejido. Por este motivo, ya en épocas anteriores habían surgido piezas formadas por estructuras de cercos y varillas, como el guardainfantes que llevan en el cuadro “Las Meninas” de Velázquez. Una de las estructuras más representativas del XVIII fue el “panier” (en España se denominó “tontillo”), que apareció en Francia hacia 1740 y que se caracterizaba por estar formado por varias hileras de cercos con forma ovalada, haciendo que la falda se proyectara hacia los costados. La máxima exageración de esta pieza se vio en el traje de corte, con tal amplitud que las damas tenían que pasar de lado por las anchas puertas de los palacios y se producía la cómica situación de que sus acompañantes debían caminar adelantados o atrasados, ya que era imposible colocarse al lado. Los cercos que formaban estas estructuras eran de hierro, madera o ballenas y estaban unidos por cintas o insertados mediante vainas en tejidos más recios, de manera que no eran visibles, como el “panier” que hemos realizado para ilustrar este artículo. Precisamente las ballenas se llaman así porque son láminas córneas y elásticas que tienen estos cetáceos en la mandíbula superior, y que se pueden cortar en tiras más o menos anchas. Una anécdota curiosa es que el incremento de su uso en este tipo de prendas, y también como refuerzo en corsés y cuerpos, hizo que aumentara notablemente el valor de las empresas que explotaban la pesca de ballenas.

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Fotografía: © Hector Castro Martorell

Una vez que la dama se había colocado todas las prendas anteriores, ayudada por sus doncellas evidentemente, faltaba la pieza final: el corsé. También se denominaba cotilla en España durante la segunda mitad del siglo XVIII y destaca el hecho de estar confeccionado con telas muy ricas, a pesar de ser una prenda interior. Los tejidos empleados para los corsés de las damas eran de seda, como el damasco, o de seda e hilos metálicos, como el brocado. El interior en cambio, estaba forrado generalmente con tafetán de lino, cáñamo o algodón y además de las ballenas, se reforzaba con entretelas de bucarán (nombre antiguo que se daba a los tejidos bastos de lino o cáñamo, encolado). En el siglo XVIII se generalizó el uso de ballenas, más flexibles y ligeras que las varillas de metal y para fijarlas se realizaban pespuntes a mano entre los cuales se deslizaban estos elementos. En algunos corsés estos pespuntes son visibles en el tejido exterior y se hacían con hilo de un color que contrastara con el fondo. La mayoría de corsés están repletos de pespuntes, lo que indica la gran cantidad de ballenas que llevan en su interior.

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Detalle de las puntadas entre las cuales van encapsuladas las ballenas, son de color amarillo, en contraste con el morado del tejido de fondo y a conjunto con los motivos labrados de la tela. A la derecha vemos uno de los ojetes, bordado también en amarillo. Detalle del corsé Nº. Reg. 11882, CDMT.

Fotografía: © Quico Ortega, Centre de Documentació i Museu Tèxtil de Terrassa

Existen corsés que se abrochan por delante y otros por detrás, pero todos utilizan el mismo método: ojetes bordados con hilo a través de los cuales pasa un cordón que permite ceñir la prenda a la figura. Como solamente llegaba hasta la cintura la presión ejercida se centraba en la cintura y en el pecho, aplanándolo, y su amplio escote hacía que el volumen del mismo se desplazara hacia arriba. El corsé era una pieza que se utilizaba desde niña para controlar la anatomía durante el crecimiento, ya que un talle fino era símbolo de belleza. La competencia entre damas era tal que cuando tenían eventos importantes por la noche, se ponían el corsé que fueran a llevar desde la mañana y lo iban ajustando paulatinamente, a lo largo del día, para que cuando llegara la noche su cintura fuera la más fina.

En la confección del conjunto realizado para este artículo he procurado ser fiel a la estética y materiales de las prendas del siglo XVIII. Debo reconocer que no he utilizado ballenas auténticas, sino de material sintético, y que la pieza que más me ha costado confeccionar ha sido el corsé, debido a su tamaño, ya que está hecho a escala para una muñeca de 40cm. El tejido escogido para él es un damasco con urdimbre de seda y trama de algodón y está perfilado con cinta de seda de raso roja, buscando el contraste de color con el tejido exterior propio de muchos corsés de la época. Las dos máximas dificultades han sido forrar las haldetas, que son las piezas con perfil redondeado que decoran la parte inferior y también bordar los ojetes. El interior está forrado con tafetán de algodón y también lleva entretelas que refuerzan tejido exterior y forro, sobre todo en las piezas centrales del delantero y de la espalda. El corsé lleva ballenas sintéticas en el centro del delantero, centro de la espalda y en costuras laterales. El “panier” es de tafetán de algodón sin blanquear y la camisa interior de tafetán de lino blanco. Las medias apenas se ven, tampoco las ligas, pero las mostraremos con detalle en el próximo artículo que tratará sobre este complemento tan peculiar.

Para ver más imágenes del corsé del CDMT podéis visitar la Web del museo (http://www.cdmt.es/) y en Textilteca, en “Consulta avanzada” escribir en el campo “Nº. de Registro” 11882. Para ver el resto de piezas del mismo tipo que conserva el museo, en el campo “Denominación” seleccionáis el nombre: “corsé” (o si entráis en catalán seleccionad: “cotilla”).

Finalmente me gustaría recomendar un libro que es un clásico en cuanto a historia de la ropa interior:

GAVARRÓN, Lola: Piel de ángel. Historia de la ropa interior femenina, Barcelona: Tusquets Editores, 1982.